LA CRISPACION COMO NORMA

Se habla mucho estos días, de forma áspera, crispada, de múltiples cosas alrededor de la política pero muy poco de lo que interesa verdaderamente a los ciudadanos, cuestiones éstas que, a pesar de aflorar en los medios de comunicación, son orilladas por los diferentes portavoces de los partidos.

Por ejemplo, se discute, por parte de unos y otros, de la exhumación de los restos del General Franco del Valle de los Caídos; así, los partidarios de esa iniciativa, situados en la izquierda,  no pueden ocultar su intención de levantar una simbólica bandera antifascista  que le dé buenos réditos electorales, mientras que sus adversarios  del otro lado del espectro entienden que lo mejor es dejar las cosas como están, que el fascismo español es agua pasada, que remover la historia después de 40 años reabre heridas en muchos casos ya suturadas, y  que es una cuestión pactada por las fuerzas políticas en la Transición, entre ellas PSOE y PCE.

Se comenta también, profusa y agriamente, de la intención del ejecutivo socialista de enviar al Congreso una serie de decretos-ley cuando ya están disueltas las Cámaras parlamentarias, un hecho verdaderamente  inhabitual, y que, según los partidos de la derecha contrarios al Gobierno, no se justifica por incumplir el requisito de urgente necesidad,  de vulnerar la Ley Electoral y de ser, por todo ello, dudosamente democrático.

Se discute con virulencia sobre la ocultación de aspectos esenciales en las conversaciones entre el Gobierno español con la Generalitat catalana, y, a todas horas, sobre el juicio a los dirigentes independentistas de Cataluña en el Tribunal Supremo, entendiendo unos la inexistencia de la figura penal de rebelión, otros la inconveniencia de indultar a los probables condenados.

También se discute, increpándose mutuamente,  sobre la utilización de funcionarios públicos por ministros y altos dirigentes gubernamentales en beneficio del PSOE, recabando de ellos información oficial con el fin de utilizarla contra sus adversarios en la campaña electoral.

O sobre la utilización excesiva del feminismo por parte de los partidos políticos, los de un bloque fomentando todo tipo de expresiones y manifestaciones feministas radicales y los del bloque contrario defendiendo el feminismo igualitario pero no el extremista; los argumentos de ambos bloques encubren, probablemente, un interés electoralista inmediato.

Y, en cambio, se dejan de lado cuestiones fundamentales como el Medio Ambiente (¿cómo es posible que haya incendios masivos en los bosques norteños en pleno invierno, aún cuando éste sea tan suave como el actual?, ¿cómo no se toman medidas urgentes contra la proliferación por todas partes de los plásticos?, ¿cómo no está resuelto todavía el tema del agua en España, elemento que abunda en unas Comunidades  y escasea peligrosamente en otras?), y otras como las pensiones (la última reunión del Pacto de Toledo, organizada con el objetivo de resolver ese grave problema que se le plantea a la sociedad española de hoy y del futuro, fue torpedeada por Podemos previsiblemente por motivos electoralistas) de las que se había hablado largo y tendido cuando en el otoño se produjeron multitud de manifestaciones de pensionistas en toda España pero que ha decaído el interés de los partidos una vez que cesaron las protestas públicas, aún cuando se mantengan muchas de las reivindicaciones no satisfechas.

El escenario  español gira en estos días, así pues, en torno a la convocatoria de  elecciones generales por el Presidente Sánchez. El mundo político ha entrado en el peor de los trances: cada uno se ensaña con las opiniones o actos del adversario con una furia inaudita impropia de seres racionales, lo que produce una crispación peligrosa por lo que tiene de modelo; se diría que los mensajes que se lanzan son más para acusar al adversario de cualquier cosa que para proponer alternativas socialmente necesarias, discursos que pretenden más afear la imagen del contrincante antes que debatir con él. Da la sensación de que se utiliza la cabeza más para embestir que para pensar.

Es por ello que desde NUEVO CENTRO entendemos que, por un lado, es hora de acabar con las dos Españas, poner los intereses de la ciudadanía siempre por delante de los intereses de partido y, por otra, que un partido está para debatir y gobernar para todos, no solo para una parte, dejando a la otra olvidada y marginada.

Los españoles formamos parte de una nación milenaria, de un pueblo sabio que ya ha visto de todo pero al que no le gusta relacionarse con crispación sino con racionalidad, que mira al mañana con optimismo, con ilusión y con determinación de progresar en las libertades.

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